FUEGO
Sakti miró la caravana partir y sonrió al reconocer la mirada llena de cólera de su amo. Mark había renegado como nunca en su vida cuando Sigfrid decidió que la princesa enfrentaría nuevamente al come-almas y, como resultado, el General optó por atarlo a la silla de un caballo como si se tratara de un paquete. Incluso le cubrió la boca para no escucharlo gritar. Y, en contra de todo lo creído, Sakti no refunfuñó por el trato de Sigfrid hacia Mark. De hecho, apoyó la decisión ya que con eso se aseguraba de que el mensajero partiera y se alejara todo lo posible de Sigurd.
Darius había sido un poco más inteligente y, aunque también le reclamó a Sigfrid por el plan y a Sakti por acceder al mismo, moduló más sus comentarios negativos al respecto para no terminar también amordazado. Y aunque la princesa podía distinguir en su amigo esa mirada conspiradora que le advertía que de una u otra forma se escaparía de la caravana para ir por su amiga, la muchacha lo convenció de lo contrario. Porque, después de todo, ¿qué pasaría con Mark si ella y el profeta terminaban en un grave aprieto, incluso muertos por Sigurd? No habría nadie que defendiera al mensajero y Sigfrid estaría tan colérico que lo mataría sin preocuparse de los refunfuños de nadie.
La princesa permaneció sentada hasta que la nube de polvo de los caballos se alejó. En la caravana también había percibido las miradas angustiantes de algunos soldados, así como las de Darius y Sigfrid. Pero ella sabía tan bien como ambos que no había otra solución. La joven miró la hoz de Maat que estaba a sus pies.
El arma todavía mantenía esa aura de rechazo, pero Sakti podía percibir algo más en ella: una presencia que parecía disculparse continuamente por lo sucedido. La princesa sabía que Maat se las había arreglado para atar su espíritu a la hoz y así ayudar a Sakti en su lucha contra el come-almas. Y, aunque ese era un gran alivio, la joven todavía se preguntaba cómo podría tomar el arma esta vez.
Entonces miró su nuevo brazo. Se trataba de una extremidad tan blanquecina que quemaba la vista después de mirarla por más de cinco segundos. El brazo en sí era un poco más largo que el derecho, y sus dedos –que terminaban en uñas largas como garras– eran más largos de lo normal. La unión con la clavícula y con el hombro aún no estaba del todo completa, ya que la piel todavía se mantenía abierta ahí donde el nuevo brazo iniciaba. Era una mezcla entre el brazo de una mujer y el de una bestia, con diferencias bastante obvias que resultaban aterradoras.
Y aunque el doctor de Aleoni había examinado la extremidad cuando la transformación había pasado –ya Sakti no tenía rastros de cuernos, escamas u otro cambio– y dicho que la nueva piel era tan fuerte como para recibir un hachazo directamente sin sufrir el mayor daño, había un grave inconveniente: la princesa no podía mover el brazo. No podía sentirlo, era apenas un miembro frío y dormido que por más que lo pellizcara no reaccionaba.
Si su nueva extremidad era más fuerte que la anterior, quizá podría tomar el arma de Maat sin problemas, pero el que no pudiera moverla complicaba mucho las cosas. Así que eso la devolvía a la gran pregunta del día: ¿cómo podría derrotar a Sigurd? Estaba exhausta, no tenía energías para pensar en hechizos o tener ideas brillantes y, una vez más, la conciencia del Primer Dragón estaba muy, muy lejos, como si después de la transformación se hubiera sumado a un sueño profundo para recuperar fuerzas.
Pero su poder todavía estaba ahí, dentro de ella, solo debía encontrar la manera correcta de canalizarlo para destruir a Sigurd. Decidió que era tonto esperar sentada a encontrar las respuestas. Si no se movía un poco se dormiría, y Sigurd no tendría mejor momento que ese para matarla.
A la hoz de Maat le habían hecho una funda improvisada para que pudiera cargarla a la espalda sin necesidad de tocarla y ser quemada por ella, así que la princesa se la ajustó para pasear por el pueblo abandonado. Caminar un poco la espabilaría y, a la vez, le permitiría conocer el terreno en el que combatiría contra Sigurd si es que el demonio no hacía algo que los alejara de ahí.
La sensación de vacío y abandono le causaba escalofríos. La tierra del suelo estaba removida por el continuo caminar de los caballos a lo largo de Aleoni –los soldados tardaron dos días en reparar que los corceles no estaban en el establo–, y las casas de madera crujían cuando Sakti caminaba por sus pórticos o el viento mecía los letreros de los establecimientos.
De repente escuchó algo que no correspondía al correr de la brisa; eran pisadas al otro lado de la villa. Sakti se apresuró para ir hacia donde estaría Sigurd pero, al llegar, no encontró nada. Después, el acto se repitió en varias ocasiones más. A veces, además de escuchar el correr del demonio, veía su figura entre las casas abandonadas, pero siempre desaparecía cuando la princesa estaba a punto de encontrarlo.
—“Quiere que me canse más” —pensó Sakti mientras tomaba aliento. Correr unos veinte metros la extenuaba—. “Eso quiere decir que él tampoco se ha recuperado”.
La princesa sabía que Sigfrid se había encargado de hacer frente al come-almas mientras Darius la llevaba a Aleoni, y también le habían comentado sobre su repentino uso de piroquinesis. El levantamiento del muro de fuego azul era algo que no comprendía pero que tampoco le pareció importante. Ahora, sin embargo, se sentía estúpida por no contar con la botellita de cristal entre sus armas.
Una vez más escuchó el correr del demonio, pero Sakti ni se molestó en seguirle la pista. Ya estaba harta de correr de un lugar a otro solo para encontrar aire en lugar del monstruo. Si tan solo hubiera una forma de sacar a Sigurd de su escondite…
Fuego.
La palabra le cruzó la mente de un momento a otro. Si quemaba el pueblo Sigurd no tendría a dónde esconderse, pero eso también la obligaría a seguir al demonio a algún bosque aledaño o al pantano. A menos, claro, que quemara a Aleoni con el come-almas incluido. Sakti chascó los dedos de la mano derecha, pero en lugar de obtener una poderosa llama invocó una pequeña flamita que se mecía con el soplar de la brisa. No era mucho, pero era todo lo que sus fuerzas le permitían convocar y, por suerte, era más que suficiente para hacer arder todo el pueblo si se le sumaba el detonante adecuado.
Sakti se adentró a la taberna del pueblo y, a los pocos minutos, salió cargando todas las botellas de ron y cerveza que su brazo sano le permitía sostener. El cantinero se había marchado con toda la mercancía que su caballo podía cargar, y para su desgracia Sigfrid era un líder demasiado estricto que no le permitió llevar mucho. La princesa lanzó algunas botellas por las ventanas de las casas, esparció el licor por los pórticos y en algunos tejados y se encargó que de que el pueblo estuviera rodeado por alcohol para que nada entrara o saliera una vez iniciado el incendio. Y, cuando la mayoría de los edificios estuvieron bañados en alcohol, la princesa utilizó su llamita.
El fuego creció lentamente, siguiendo el camino formado por las gotas de licor alrededor de Aleoni hasta continuar su ruta por las paredes de los edificios. Al principio no era un gran incendio, pero Sakti sabía que, si todo salía bien, el humo y el calor entorpecerían al demonio. Después solo sería cuestión de darle el golpe de gracia aunque, por supuesto, todavía no tenía ni idea de cómo hacerlo.
—“Por allá” —dijo una voz en su cabeza mientras su nuevo brazo, por sí solo, se movía y señalaba al centro de Aleoni, todavía libre de llamas.
—¿Dragón? —preguntó Sakti incrédula mientras miraba sus dedos blanquecinos temblar.
Pero, tan rápido como sucedió, el brazo perdió de nuevo su utilidad y se dejó caer inmóvil pegado al cuerpo de la princesa. No lo había sentido ni en lo más mínimo, pero ese breve contacto con su Dragón le explicó a la muchacha lo que necesitaba entender sobre la nueva extremidad. Ese era el brazo del Primer Dragón, no el suyo.
Así como ese cuerpo era el de la Portadora, quien lo compartía con el espíritu, el brazo era del Dragón, quien lo compartía con Sakti. Pero si el Dragón no estaba presente, el control de la princesa sobre la nueva extremidad era nulo.
—Vamos —susurró mientras caminaba hacia donde su amiga le había señalado, a la vez que se pellizcaba el brazo—, necesito que vuelvas, Dragón. “Si controlas el brazo y la hoz…”
Una tímida sonrisa se formó en su rostro. Esa podía ser la solución a sus problemas, pero sentía que su amiga estaba todavía más exhausta que ella después de la transformación. Al llegar al centro del pueblo, sintió una agradable corriente de aire acariciarle el rostro. Sakti se mantuvo quieta por unos segundos para disfrutar la brisa y pronto descubrió que era fresca y cálida a la vez. El invierno soplaba, pero a la vez parecía transportar el calor del fuego que ardía en Aleoni.
La princesa cerró los ojos. Sabía que no era una casualidad que el Dragón le hubiese señalado ese preciso lugar. El crepitar de las llamas, el soplar de la brisa, los latidos de su corazón… Sentía cómo su cuerpo, el calor y el aire se unían en uno solo, formando con mayor fuerza la palabra fuego en su mente. Debía dejar salir todo ese poder dentro de ella, dejar que todo ardiera pero, antes de que lo permitiera, algo interrumpió la quietud.
—Eres tan predecible, Sigurd —susurró la muchacha sin girarse al come-almas—. Siempre atacas por la espalda.
—Es mi especialidad, Alteza —susurró el demonio en su oído.
Sakti intentó mirarlo, pero entonces la criatura le golpeó el rostro, haciéndola caer de espaldas. Y, como la joven lo suponía, Sigurd no la dejó incorporarse, sino que cayó sobre ella en menos de un santiamén.
—¿Qué pretende con el fuego? —preguntó el demonio mientras se lamía los labios. Su apariencia era todavía más penosa que la última vez que lo vio, ya que el demonio tenía nuevas cicatrices y quemaduras en todo su cuerpo, producto de su enfrentamiento contra Sigfrid—. Solo las llamas azules pueden detenerme.
Sakti no se molestó en forcejear contra él. El peso de Sigurd era mucho para su cuerpo herido e intentar escapar era inútil. La muchacha sabía que en una situación como esa lo normal era querer huir y salvarse a toda costa, no tener un pensamiento tan frío y lógico como el suyo. Pero, de todas formas, algo en su interior la invitaba a permanecer calmada incluso en una posición tan desfavorable como en la que estaba.
—Tengo una pregunta para ti —dijo la princesa, a la vez que una sonrisa burlona se asomaba a los labios de Sigurd.
—Extraño, ¿quiere ganar tiempo antes de que la mate?
—Eres un charlatán, te gusta hablar mientras peleas —continuó la princesa, devolviéndole la sonrisa al come-almas—. ¿Viste algo cuando el alma del amo estaba en tu interior?
La sonrisa de Sigurd se amplió justo antes de que el demonio estallara en una sonora carcajada, de esas que le daban fama por helar la sangre de quienes tuvieran la desgracia de escucharlo. Y cuando el come-almas se detuvo, su voz sonó tan tétrica y a la vez tan divertida que resultaba enloquecedor.
—¿Amo? ¡Qué forma tan ideal para referirse a esa criatura! ¡Lo vi todo, Alteza! Lo que pasó la primera vez… y lo que podría suceder en esta ocasión. ¿Sabe por qué esa alma es tan exquisita? —Sigurd hizo una pausa para mirar los ojos de Sakti, y le emocionó ver que la princesa le prestaba atención—. Ese chico es especial, una anormalidad en este mundo.
»Los Dragones fueron creados dentro del tiempo, y por lo tanto sus almas no son inmortales. Todo lo que tiene un inicio, tiene un final. Ese humano… su existencia tampoco estaba prevista, pero su alma sí es inmortal. Y todo lo que reúne en su ser… tantas vidas de mensajeros anteriores, tantas experiencias de magos que existieron, existen y existirán, ¡tantos tiempos encerrados dentro de él!
»¡Oh, princesa! —dijo Sigurd mientras lamía con su lengua el rostro lleno de moretes y cortadas de la muchacha—. Si tan solo supiera cómo murió la primera vez…
—¿Te refieres a cuándo me arrancaste el brazo? —interrumpió Sakti llena de odio.
—No —corrigió el demonio—. Me refiero a la primera vez. Pero no, por supuesto que usted no lo recuerda, yo tampoco lo hacía… hasta que vi las memorias y el tiempo que pasó y no pasó encerradas en esa alma. ¡Él es el gran desbalance de esta ocasión!
El come-almas guardó silencio mientras miraba el rostro de su víctima. Sakti ya no prestaba atención a su contrincante, sino que tenía la mirada perdida a la vez que se mordía el labio inferior, confundida.
—Eso no es lo que esperaba escuchar, ¿verdad? —preguntó burlón antes de carraspear y preparar su voz—. Tal vez, gatita, querías escuchar algo como ‘No quiero olvidarte… Te amo. ¡Prefiero mil veces morir antes que vivir sin tener recuerdos de ti!’
Esta vez Sigurd se esforzó mucho por imitar la voz de Mark, pero no alcanzó el tono deseado. Aún así, la intención con la que se expresó fue exactamente a la del mensajero cuando él y su esclava tuvieron su última conversación antes de que Marduk castigara a su sirviente. Sin desearlo, los ojos de Sakti se empeñaron, y la princesa se mordió tan fuerte los labios que se los rompió nuevamente.
—¡¿Entonces me recuerda?! —preguntó—. ¿El amo sí me recuerda?
—¡Claro que no! —rió Sigurd mientras clavaba sus garras en la herida sin sanar del hombro de la muchacha—. Hay millares de memorias encerradas en esa alma, y ese muchacho no puede recordarlas todas. Se volvería loco si lo hiciera. ¿Se imagina tener tantas vidas ajenas, tantas ocasiones que pasaron y a la vez no, en su cabeza? También los recuerdos de su infancia están suprimidos, abandonados en lo más profundo de su subconsciente, y la única cura a esa amnesia es la muerte. —De nuevo Sigurd carraspeó e intentó, en vano, imitar la voz de Mark—: ‘¿No me digas, Allena, que deseas que muera para recordarte? Eso sería muy egoísta.’
Sakti no lo aguantó más. Gruñó hasta hacerse daño en la garganta, e intentó deshacerse del agarre de Sigurd, pero el demonio la sujetó con fuerza. El come-almas hundió su rodilla en el abdomen de la princesa, a la vez que sostenía las muñecas de Sakti por encima de la cabeza de ésta. Entonces el dolor en el pecho de la joven se hizo presente y, justo cuando la luz de su alma la cegó, escuchó la voz de Sigurd:
—Pero tranquila, Alteza, que todo tiene solución. Devoraré su alma, y después iré por la de su ‘amo’. ¡Así estarán juntos de nuevo! DENTRO DE MÍ.
La luz, tan incandescente que le quemó los ojos, desapareció y Sakti se encontró en un lugar oscuro y frío. No podía ver sus manos, o tan siquiera sentir el cuerpo que hacía escasos segundos le dolía como los mil demonios. Con terror imaginó que, para ese entonces, ya Sigurd había destazado su cuerpo y se dirigía veloz hacia el grupo que cabalgaba a Masca, hacia Mark.
Tenía que encontrar la manera de escapar de Sigurd, tenía que regresar, aunque fuera por un segundo, al mundo de los vivos y brindar su última protección a su amo. ¿Pero cómo podría hacerlo? ¿Cómo…?
Entonces una imagen cortó el hilo de sus pensamientos. Aunque todo era tinieblas, frente a ella había dos niños pequeños sentados en el suelo, completamente rodeados de oscuridad. El mayor de ellos sostenía un osito de peluche contra su pecho, mientras hablaba entusiasmado a su compañera de juegos, aún cuando sus palabras eran inaudibles. Sekmet miraba a Mark con expresión casi ausente, aunque Sakti sabía que la niña prestaba atención a todas las palabras de su amo, que para ella eran preciosas, casi divinas. Nada más no las comprendía. No podía entender cómo esa vocecita, tan alegre y risueña, había decidido hablarle a ella, por qué la había escogido para decir un sinfín de dulces niñerías sin preocupaciones. Pero, de todas formas, le alegraba que así fuera.
Entonces Mark se levantó, corrió hacia ella, y le dio un fuerte abrazo antes de colocar el peluche en los brazos de Sekmet. Sakti no recordaba con exactitud qué era lo que Mark decía, pero le sorprendía mucho darse cuenta de que tenía varias memorias así, en las que su amo le pedía sentarse en el suelo de la habitación a hablar de todo y de nada a la vez. Solo a hablar. Nada más.
Sakti pensó en caminar hacia la versión infantil de su amo, cerciorarse de si era al menos un poco tangible para tocarlo, sentirlo, olerlo, pero en cuanto dio un paso hacia la imagen los niños desaparecieron junto con la oscuridad total. Ahora, frente a ella, se extendía un pasillo de mármol pastel que, aunque la muchacha no lo recorría, parecía acortarse hasta situarla frente a una gran puerta entreabierta de la que brotaba una luz blanquecina, azulada y verde.
—Desearía… —dijo una voz exactamente igual a la suya, al otro lado de la puerta—, que nunca te hubiera amado. Así habría sido más fácil traicionarte. Así no me dolería tanto dejarte atrás por mi egoísmo.
La puerta comenzó a abrirse lentamente, dispuesta a dejar ver a Sakti esas memorias atrapadas de las que le habló Sigurd.
—Si te odiara, no sentiría el más mínimo remordimiento de destruirte a ti también, junto a esta tierra maldita que pide mi sacrificio.
Los latidos de su corazón la ensordecían, temerosos, aunque no entendía qué era lo que le causaba tanto pánico. No quería escucharlo, no quería saberlo, no quería mirarlo, pero la puerta seguía abriéndose, dando paso a más luz y a más recuerdos.
—Este día, el mundo será destruido. ¡Ése es mi voto!
—¡No, Allena! —gritó alguien más en la habitación, y Sakti sintió un escalofrío al reconocer la voz llena de pánico de su hermano.
—¡ALLEEEEENA!
Esa última voz le era familiar, pero al mismo tiempo desconocida. Esos dos muchachos, de los cuales estaba segura que uno era Adad, sentían miedo y transmitían angustia con cada nota que sus gargantas emitían. La luz que salía de la puerta aumentaba su intensidad pero también transportaba espasmos de miedo, escalofríos, gritos, terremotos, maremotos, incendios, destrucción, caos y maldición.
—¡No! —gritó Sakti mientras cerraba los ojos y se cubría los oídos—. ¡No quiero saberlo! —dijo completamente cohibida por el miedo.
No quería estar al tanto de lo que sucedía al otro lado de la puerta que terminaba de abrirse. Ahora también debía escapar para nunca averiguar la verdad. No le importaba permanecer ignorante de lo que significara esa visión, simplemente no quería verlo.
Sakti dio la espalda al recuerdo y, aunque no sentía su cuerpo, se abrazó el tronco con ambos brazos. Deseaba regresar, despertar y encontrarse junto a Mark, Darius, Adad, Dagda, Airgetlam, Zoe, ¡incluso estaba de humor para ver al adusto de Sigfrid!
El deseo en su pecho le quemaba. Si tan solo pudiera compartirlo con el demonio, hacerlo arder, si tan solo pudiera reducir a cenizas el interior del come-almas aun cuando eso significara que ella también ardiera. Todo para terminar con eso…
Entonces pasó. Lo sintió. El fuego la rodeó y chilló al sentir la llama quemándole el cuello y parte del pecho. La quemadura fue tan severa que pronto sus nervios murieron y dejó de sentir dolor. Pero, al mismo tiempo, despertó. Lo primero que vio fue el rostro de Sigurd completamente aterrorizado y enmarcado por las llamas naranjas.
El demonio perdió el aire al ver cómo Sakti abría los ojos justo cuando se preparaba para mutilarla. No había pasado ni medio segundo desde que atrapó las almas de la portadora y el Primer Dragón pero, aún así, la joven se las había arreglado para regresar. Y lo que veía en su mirada no le agradó nada.
Los ojos de la princesa, usualmente grises, se iluminaban con llamas. En sus iris ardieron pequeños puntos naranjas flameantes que, de inmediato, recordaron a Sigurd la prisión subterránea a la que Maat lo condenó. El fuego que ardía en Aleoni desde antes que atrapara a Sakti aumentó su potencia, en completa sincronización con la respiración barbárica y profunda de la princesa. Y, como si eso fuera poco, Sigurd observó con claridad la nueva transformación de la aesiriana.
El fuego inició en el cuello y en el pecho, quemándole la piel, pero después el resto de las llamas cubrieron el cuerpo de la princesa sin causarle úlceras o gritos. Sus cabellos también se transformaron en lenguas de fuego, y Sigurd no tuvo más remedio que soltar a Sakti para evitar quemarse las manos. El fuego rodeaba a la muchacha sin dañarla, sino formando parte elemental de su ser.
El demonio retrocedió, pero pronto se dio cuenta de que no tenía a donde escapar. Estaba rodeado por las llamas de Aleoni que crecieron hasta alcanzar magnitudes inesperadas. Sakti, que había estado bajo él todo ese tiempo, se incorporó lentamente, dándole al monstruo la impresión de estar peleando contra una hija de un volcán.
Entonces Sakti alzó los brazos y miró al cielo, y de inmediato todo el fuego que ardía en Aleoni se apresuró a rodearla en una cortina amarilla, roja y naranja que sofocó al come-almas y le impidió verla por unos instantes.
Sigurd se paralizó ante la demostración de tanto poder. La cantidad de fuego que ardía y se elevaba al cielo era sorprendente. Si bien era cierto que solo las llamas azules podían arrebatarle las almas, que le daban todo su poder, su cuerpo no sería inmune a las quemaduras que un fuego tan abrasador como ese podía crear.
Pensó en escapar, pero ya era muy tarde. La cortina que le impedía ver a Sakti se disipó con una explosión de poder que extendió las llamas no solo por Aleoni, sino también por los bosques aledaños. Y entonces, frente a Sigurd, ahí estaba esa gran figura que él y todos los magos que estuvieron al menos a diez kilómetros de distancia del enfrentamiento jamás olvidarían.
Un enorme dragón de fuego batía sus alas sobre los cimientos ardientes de Aleoni, con los ojos negros como carbón fijos en Sigurd. Y, en el pecho de la bestia alada, estaba Sakti, envuelta en una especie de barrera flamígera. Ella también miraba al demonio, todavía convertida en una mujer de fuego.
Sakti rugió, y así lo hizo el dragón. La criatura abrió la boca y lanzó una magnífica bola de fuego que Sigurd no pudo evitar. Ni siquiera lo intentó. El demonio tan solo se cubrió el pecho y escondió la cabeza tras sus brazos, a sabiendas que la explosión lo arrastraría lejos de Aleoni. No se equivocaba.
La potencia de la llamarada fue tal que, en menos de un santiamén, estaba fuera del pueblo. Sus patas traseras formaban huellas zigzagueantes ahí por donde pasara, hasta que el ataque cesó. Sigurd sacudió la cabeza, esperando con eso recuperarse del aturdimiento, pero no tuvo tiempo de esquivar las fauces flamígeras del dragón que, volando a ras del suelo, lo atrapó por una pata antes de elevar el vuelo.
La criatura dio varias vueltas en el cielo, masticando y moviendo con rapidez la cabeza de un lugar a otro para herir todo lo posible a Sigurd. Entonces lo escupió como si se tratara de una semilla ácida y podrida, y el golpe del come-almas al estrellarse contra la roca fue ensordecedor.
Sigurd apenas sí podía mantenerse consciente, pero el pensamiento irónico de que Sakti ya se había desquitado de perder su brazo le trajo una sonrisa burlona a sus labios. La herida de su pata era severa y no le extrañaría que pronto el dragón regresara para arrancarla con sus garras. Pero, en lugar de ello, la criatura alada permaneció en el cielo, mirándolo con odio. Entonces lanzó la cabeza hacia atrás para tomar impulso antes de enviar nuevamente una bola abrasadora que se impactó en el pecho del demonio, hundiéndolo en la roca como un martillo golpea a un clavo.
Las llamas se extendieron por doquier, y todo brote seco se convirtió pronto en un gran incendio, pero el ataque del dragón se detuvo. Pasados unos segundos de relativa quietud apenas rota por el crepitar del fuego, Sigurd se incorporó. Le avergonzaba admitirlo, pero tuvo que escalar unos diez metros antes de regresar a la superficie. Tanto así había sido la potencia del golpe directo que recibió.
Pero, al levantar la mirada al cielo, no vio a ningún dragón. La criatura tampoco estaba en los alrededores. Solo quedaba fuego ardiendo en tronquillos, raíces e incluso rocas y, atrás de él, un precipicio en cuyo fondo escuchaba el correr de un río. Era irónico, pensó. Ahora estaba acorralado en una situación similar a como cuando peleó contra Adad.
El demonio giró varias veces sobre sus talones, diciéndose que todo eso era imposible. No podía perder ante una princesa a la que ya había derrotado y, ciertamente, no podía fracasar sin siquiera ser capaz de dar un golpe.
Y, mientras giraba sin dar con Sakti, la princesa aprovechó para llegar a él, rápida y veloz, sin ser descubierta. El pelaje de Sigurd se erizó cuando, incapaz de notar a la princesa a tiempo para esquivarla, perdió su mirada en la hoja de metal filoso que se apoyó bajo su cuello. Sakti, ya libre de las llamas que la rodearon, caminó segura y fuerte, haciendo que el come-almas retrocediera erguido en dos patas para evitar que la hoz de Maat le cortara la aorta.
La princesa sostenía con el brazo de Dragón el arma de la Virtuosa de la justicia, mientras que el otro le daba apoyo. De las quemaduras de su cuello y pecho brotaba sangre, pero la joven había superado el umbral del dolor y era incapaz de sentir algo.
—Has matado a tantos —dijo la princesa mientras apretaba los dientes, aunque la voz que salía de su garganta era la de Maat—. Asustaste a mi pueblo por años, devoraste almas de niños, hombres, mujeres y ancianos; heriste a mi padre, me obligaste a morir y me separaste de mi familia. Y ahora, además, enfrentaste y mataste a la portadora del Primer Dragón, a la descendiente de mi hermano que nos librará de la maldición. ¿Te das cuenta de qué tan graves son tus pecados?
Maat parecía dispuesta alargar la lista de las faltas de Sigurd, pero se limitó a chupar los dientes antes de dar la palabra a Sakti:
—Atacaste y destruiste a la familia de mi mejor amigo —dijo con odio—, ¡y te atreviste a tomar el alma que más amo en este mundo! Y como si eso no fuera poco, me mutilaste. ¿Sabes lo que voy a hacer, Sigurd?
—¿Matarme? —preguntó el demonio con cierto cinismo, aunque su mirada continuaba fija en la hoz.
—No solo voy a matarte: ¡voy a humillarte! Por milenios, las personas recordarán este día como el fracaso eterno del patético come-almas… ¡y su castración y deshonra!
Con un giro rápido de la hoz, Sakti cortó el abdomen de Sigurd, arrancando pelaje, carne y, por su puesto, el miembro del demonio, a la vez que dejaba al descubierto las vísceras de la bestia. El chillido del come-almas fue ensordecedor mientras, apenas con fuerza, daba dos pasos hacia atrás y se acercaba peligrosamente al borde del risco.
Sakti sonrió con crueldad. El precio le parecía justo. Sigurd se había divertido con ella al arrancarle un brazo, ¿por qué no podía devolverle el favor? Solo que la princesa era lo suficientemente frívola como para saber que con arrancarle un brazo al demonio no restauraría su ego herido. ¡No, tenía que humillarlo también!
Dos voces en su cabeza la apresuraron a terminar el trabajo, ya se había divertido y tenía que ponerle punto final a la batalla. Sabía que su cuerpo estaba al borde del cansancio, que Maat intentaba por todos los medios posibles mantenerse atada a la hoz, y que el Dragón había invocado todas sus fuerzas para ayudarle a empuñar el arma. Era ahora o nunca.
Sakti levantó la hoz por encima de su cabeza y la dirigió contra el cuello de Sigurd. Pero el demonio, ya completamente noqueado por el último ataque, perdió el equilibrio y cayó del precipicio, hacia el río. Aún así, Sakti, Maat y el Dragón vieron cómo la garganta del demonio se abrió por el filo de la hoz al cortar el aire, y dejó escapar unas gotas de sangre antes de que su cuerpo se perdiera en la corriente turbulenta del río.
—¿Lo maté? —preguntó la princesa mientras la garra de Dragón soltaba la hoz y ella caía exhausta, de rodillas. Incapaz de levantarse, se arrastró hasta el borde del risco y vio cómo apenas un hilillo rojo se perdía en la corriente del agua.
—Eso espero… aunque no estoy segura. —En ese momento, el alma de Maat brotó de la hoz en forma de una esfera de energía que se colocó frente a Sakti—. Lamento mucho las heridas que Sigurd te ocasionó. Debí haber acabado yo misma con él cuando tuve la oportunidad, ¡no encerrarlo! Pero ahora lo sabes: esa hoz seguirá rechazándote hasta que no tengas el valor de hacer siempre lo correcto. En esta ocasión lo hiciste, pero tus intenciones eran egoístas. Actuaste por cariño a una persona, cuando lo correcto era por aceptar que eras la única que podía hacer algo al respecto.
—Entonces creo que esa hoz siempre me rechazará —cortó Sakti con pesadez—. Y no me importa. Mi amo está a salvo, ayudé a Darius a vengarse de Sigurd, y ahora todo estará bien.
—No lo entiendes, ¿verdad? —preguntó Maat con angustia—. ¿Prestaste atención a las palabras de Sigurd y a la visión dentro de él? No tengo una idea clara de lo que significan, pero parece ser que el mismo error se cometerá de nuevo. La pregunta es, ¿con cuántas veces contaremos hasta que la decisión correcta se tome?
Sakti suspiró exhausta, deseando que Maat hiciera lo mismo que Heimdall y Set: que se limitara a agradecerle por haberla liberado de la Torre y que se marchara de una vez y por todas. No que la sermoneara sobre cuestiones que ella misma prefería ignorar.
—Estás cansada —continuó la Virtuosa de la justicia— y lo cierto es que has hecho un buen trabajo. Ya puedes dormir, portadora. Y supongo que mi espera también ha terminado, ¿cierto? Aún así… si Sigurd no ha muerto…
—No soy la única que puede hacerse cargo del arma de un Virtuoso. Tengo un hermano y, si Sigurd sobrevivió, él y yo nos encargaremos del demonio. Ahora, por favor, vete, que estoy segura que deseas encontrar a tu familia, ¿no? Simplemente ten la certeza de que los encontrarás, y estoy segura de que caerás en el lado correcto.
Aunque el alma de Maat era una esfera de luz, Sakti distinguió una breve y emocionada sonrisa. Maat tenía un espíritu imbatible, y era seguro que alcanzaría a sus padres gracias a su seguridad. El espíritu de la Virtuosa se elevó al cielo, susurró unas palabras de agradecimiento, y finalmente se desvaneció.
Sakti permaneció mirando el punto en el que el alma de Maat se esfumó y tardó en notar que la luz del sol le bañaba con una agradable sensación de calor. Los rayos y las nubes eran naranjas y la princesa recordó el fuego que de seguro ardía furioso, sin control, a su espalda. Pero, al mirar por el hombro, descubrió que ninguna flama ardía.
El incendio se había propagado gracias a su ira, a sus ganas de hacer que todo ardiera, pero ahora que estaba tranquila no había rastros de llamas. Aparentemente, además de controlar el fuego con su mente había adquirido la habilidad de controlarlo meramente con sus emociones, ya sin necesidad de que un pensamiento interviniera en la creación de las llamas.
Entonces Sakti recordó el «trofeo» que había ganado de Sigurd, la hoz que todavía estaba a su lado, y el brazo de Dragón que, aunque no había podido mover al inicio, resultó útil durante la batalla. La movilidad de la garra era menos flexible que cuando estuvo combatiendo pero, si se apresuraba, podría atar la hoz y envolver el regalo que llevaría a Darius antes de que perdiera nuevamente la sensibilidad en el brazo.
Apenas tenía energía para continuar con su camino. El frío le calaba los huesos, y el agua le empapaba todo el cuerpo. Sus ropas y la armadura destruida no eran suficientes para mantenerla relativamente protegida del ambiente frío ni mucho menos de la corriente que, aunque todavía débil, era más que suficiente para mecerla con violencia. Su cuerpo ya no podía tan siquiera mantenerse en equilibrio.
Se había atado la funda con la hoz a la espalda, mientras que con la garra inmovilizada sostenía un trapo en el que envolvió las tripas de Sigurd. Después de la batalla contra el come-almas siguió el camino que recorrió la caravana de Sigfrid. Quizá llevaba unas dos horas caminando, no estaba segura de ello, pero sabía que era cuestión de minutos antes de que no pudiera dar ni un paso más.
El rastro de los caballos cruzaba un río de corriente y profundidad poco peligrosas, pero para su estado resultaban aterradores. Aún así, Sakti cruzó el río con la esperanza de que el agua la despabilara, lo que encontró inútil de inmediato. Los párpados se le cerraban, los pulmones le ardían al respirar, las heridas le quemaban. Si resbalaba con las piedras del río, sabía que no regresaría a la superficie.
Ahora estaba a mitad del río, a una profundidad en la que el agua le cubría por encima del pecho. La princesa intentó dar un paso más, pero una pequeña ola le cubrió la cabeza. Intentó mantenerse erguida para no ahogarse, pero sus rodillas se flexionaron y no encontró fuerzas para levantarse por su cuenta. Entonces, cuando ya ni siquiera tenía energía para preocuparse por morir ahogada, alguien la tomó por los hombros y la arrastró fuera del agua hacia la orilla.
—Ya, tranquila, estás bien.
Sakti se restregó los ojos con la mano sana para disipar las gotas de agua que le caían de las pestañas y, al hacerlo, se cercioró de quién la había sacado del río. Mark le sostuvo las mejillas con ambas manos, a la vez que revisaba las heridas de su esclava. Sakti tenía una quemadura nueva que se extendía del cuello hasta el pecho y los moretes de su cara estaban más morados a causa del frío. Pero, a pesar de la severidad de la nueva herida, el rostro de Mark esbozó una sonrisa al ver que la princesa estaba a salvo.
—El amo está sangrando —dijo Sakti con terror mientras señalaba una cortada en la frente de Mark. El muchacho sonrió más mientras se pasaba la mano para quitarse la sangre.
—Me lancé del caballo para venir a buscarte —dijo mientras le quitaba la armadura y parte de las ropas a su esclava, para después ponerle la capucha de viaje que había mantenido a salvo en la orilla lejos del agua—. Sabía que los caballos no me pisotearían porque me he dado cuenta de que tengo mucha suerte, y supongo que dentro de poco el jinete que cargaba conmigo le confesará al General que me solté. Creo que en el momento no lo hizo por temor a una represalia, pero si él no dice algo al respecto de seguro que Darius lo hará. Supongo que para este momento ya se habrá dado cuenta de que no estoy con ellos.
Mark terminó de ajustar la capucha de Sakti y la acercó a él para calentarla. Le alegraba mucho verla, aunque admitía que, cuando se encaminó a buscarla, tenía miedo de encontrarla. Mientras estaba atado a la silla del caballo observó el dragón de fuego que se alzó sobre el cielo de Aleoni y, aunque ese había sido el incentivo que necesitó para soltarse de los fuertes nudos que lo aprisionaban, temía encontrar a un dragón en lugar de la princesa.
Pero ahora el temor había sido superado por el alivio y por una mezcla de alegría y tristeza. Si bien Sakti había sobrevivido a Sigurd, las probabilidades de que sobreviviera por su cuenta a las heridas no eran muy altas. Por suerte él estaba ahí para llevarla a un lugar seguro. Se acomodó la funda con la hoz en la espalda, y después tomó a Sakti para cargarla también.
—Ven, no podemos esperar a que ellos vengan hasta aquí. Si es necesario, yo mismo te llevo a Masca, ¿de acuerdo, Allena?
Mark inició la marcha, cargando también la bolsa con el recuerdo que Sakti traía de su enfrentamiento contra Sigurd, aunque ni siquiera preguntó qué era. La princesa acomodó su rostro en el hombro de Mark y, después de unos cuantos segundos, dijo:
—El amo nunca me ha llamado por mi nombre.
—¿No te gusta que lo haga? —preguntó el mensajero con tono dolido.
—Sí me gusta —confesó la muchacha mientras sonreía y, sin querer, abrazaba a Mark con el brazo sano—, es solo que pensé que jamás lo haría.
Una pequeña sonrisa se asomó por el rostro del joven, pero no respondió nada ni apartó la mirada de su camino. Sakti tampoco insistió. Lo importante era que ya había derrotado al come-almas, su amo y su mejor amigo estaban a salvo del demonio, y ella estaba junto a Mark, también a salvo.
El mensajero le pidió dormir mientras él caminaba, y Sakti accedió de buena gana. Y mientras se quedaba dormida, un último recuerdo de ese día asaltó su mente.
“Ese humano… su existencia tampoco estaba prevista, pero su alma sí es inmortal. Y todo lo que reúne en su ser… tantas vidas de mensajeros anteriores, tantas experiencias de magos que existieron, existen y existirán, ¡tantos tiempos encerrados dentro de él!”
“También los recuerdos de su infancia están suprimidos, abandonados en lo más profundo de su subconsciente, y la única cura a esa amnesia es la muerte.”
“¡Él es el gran desbalance de esta ocasión!”
No entendía a lo que se refería Sigurd con esas palabras, pero algo era definitivamente claro para Sakti: su amo era especial, no solo para ella sino para el mundo entero. Su existencia era dichosa, casi sagrada, y, aunque no entendía ni quería comprender la visión que le causó escalofríos cuando estuvo prisionera en el demonio, sabía que el que Mark estuviera ahí haría que de una u otra forma lo visto jamás llegara a cumplirse…
…o a repetirse.















