Los hijos de Aesir cuenta la historia de los aesirianos, una raza de magos que debe soportar la maldición de Dios como pago por sus pecados. Pero hay esperanza. Hace mucho, mucho tiempo, el mismo Dios hizo un Pacto con el Emperador aesiriano y cuatro profetas para encontrar la salvación. Dios prometió que con el tiempo enviaría a los Tres Dragones, criaturas poderosas que se sacrificarán para limpiar a los aesirianos y salvarlos de la maldición. Sin embargo, cuando al fin llega la época de los Dragones, dos de estos mesías se niegan a cumplir con su misión. Es necesario mentirles, engañarlos, controlarlos. El mundo aesiriano es cruel, corrupto, oscuro; confiar en alguien es un error. Pero los Dragones deberán hacerlo, no para salvar al mundo sino para salvarse a sí mismos.
Antes de que empieces a leer, te comunico que Los hijos de Aesir es propiedad de Ángela Arias Molina. Los capítulos presentados en este blog están protegidos por derechos de autor. No se tolerará la reproducción total o parcial de la novela sin previo consentimiento de la autora y por ESCRITO Y FIRMADO. Quienquiera que viole esto, se expone a una demanda.
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I volumen: Los Tres Dragones - En un mundo donde la compasión no existe, los demonios comen niños y almas, y la guerra entre vanirianos y aesirianos acecha cada rincón del Imperio, una esclava sorteará obstáculos, demonios, la manipulación de un Emperador y el acecho de un rey de las nieves, con tal de salvar a la única persona que la amó a pesar de ser diferente.

Todos los personajes, movidos por sus propias y egoístas intenciones, traman planes los unos contra los otros en un intento por controlar sus destinos y el del mundo entero. Pero lo que no saben es que, en las sombras, en un mundo fuera del espacio y del tiempo, el Tercer Dragón mueve cada pieza en el tablero de ajedrez.

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Volumen 4: El Reino de las Arenas
Capítulo 15: Virtuosas
Publicación: Viernes 25 de mayo, 2012

Aquí podés estar atento al preview del próximo capítulo por publicar.

Alas para el futuro

ALAS PARA EL FUTURO



Pero todo salió mal. Por más que borró las pistas, Sigfrid no tardó en descubrir que Velmiar escapaba rumbo al continente principal. El General ni siquiera parpadeó cuando vio que Niké Alas de Dragón no estaba en el establo, sino que se limitó a viajar al otro lado del mundo con esfinges y con los cuervos mensajeros, además de aprovecharse de los buques de guerra que estaban repartidos por el océano, en donde Huginn y Munnin descansaban cuando les hacían falta fuerzas.

Por un momento temió que Sigfrid le pidiera acompañarlos en la cacería de los fugitivos, pero el General debió de notar que algo no estaba bien con Kael. ¿Sospechó que los ayudó a huir? ¿O acaso lo vio con los nervios tan destrozados que lo excluyó para que no estorbara? Sigfrid nunca se lo explicó y él nunca preguntó, porque todos querían olvidar lo que sucedió ese día.

Velmiar murió, Istar también. El mundo perdió a la única aesiriana con el poder de la curación y el Reino de las Arenas perdió a su heredero. El rey Alain Nareith siguió a la cabeza del desierto unos años más, pero nunca fue el mismo. Fue como si Velmiar se llevara a la tumba la fuerza de voluntad que le permitió a su padre sobrevivir a pesar de los pulmones de arena.

Cuando el rey se retiró unos años después, su espíritu y mentes estaban deshechos. En los días en los que estaba bien, miraba el desierto desde el balcón de su habitación en Irem, como si esperara que Niké apareciera en el cielo y le trajera de regreso a Velmiar, Adad y la pequeña Sakti. Si no miraba el reino, estaba ocupado en el jardín que su hijo sembró para la princesa de Masca y las Arenas.

Pero los demás días –que eran los más comunes– creía que era la víspera del nacimiento de su nieta y gritaba a todos los sirvientes para que se movieran y tomaran posiciones de defensa para proteger a Istar de los ataques vanirianos.

Como hermano que seguía a Velmiar, Hundrian tomó el lugar a la cabeza del Reino de las Arenas como regente, a la espera de que Adad regresara algún día a gobernar con derecho. Pero los años pasaron. Nuevos príncipes nacieron y tomaron sus puestos como patrulleros, el viejo rey murió y la invasión vaniriana ganó terreno en el desierto.

Mientras tanto, Adad permaneció en el otro continente, joven y solitario, perdido sin su hermana. Kael no pudo protegerlo de los vanirianos, de la muerte de sus padres o del control que Velmiar tanto temió, pero cumplió su promesa lo mejor que pudo.

Lo consoló cuando necesitaba aliento, lo animó cuando parecía que nada tenía solución, le recordó la fortaleza y el espíritu vivo de su padre y sí, también la bondad de Istar cada vez que trataba a los enfermos.

Cuando Adad ya no pudo esperar más por Sakti, Kael rompió de nuevo la norma, lo ayudó a escapar de Masca y se coló en el ejército de Sigfrid que buscaría a la princesa en la hostil región Oeste del continente principal.

Luego sacrificó lo que más amaba de él mismo para servir a Adad. Sacrificó las alas que le dieron sombra a Velmiar en el asfixiante desierto, las alas que acariciaban el cielo en cada vuelo, las que le permitían dejar los problemas en la tierra y volar en los recuerdos preciados de los días antes de Istar y la Profecía, cuando todo era más sencillo.

La mutilación lo tomó por sorpresa pero, a pesar de la tristeza, la aceptó porque se lo debía a Velmiar y a Adad. Pudo haber salvado a Velmiar si lo hubiese detenido, pero no lo hizo. Pudo al menos darle al pequeño Adad la hermanita que tanto quería si se hubiese armado de valor, seguido a Sigfrid en la cacería de los fugitivos e intervenido para que no dejara a la recién nacida en un punto perdido del mapa.

Él no era el Guardián de Sakti, pero también la amaba porque, cuando la conoció, era una niñita frágil y asustada, como él cuando Velmiar se fue. Y claro, porque no se parecía en nada a Istar y guardaba muchos parecidos con su padre.

«¿Pero ahora eso qué importa?», se preguntó. «No pude salvar a Velmiar, no puedo seguir a Adad y ni siquiera la puedo encontrar a ella en este sitio, donde no me hacen falta las alas para avanzar. Los vanirianos me encontraron y...».

Se detuvo. No. No lo habían matado. Los reptiles bípedos, la mano invisible, los cables, la voz...

«Sujeto de experimentación consciente», dijo una voz femenina en su cabeza. «Resultado del experimento: positivo, prótesis biológicas insertadas. Conclusiones: la operación es posible, pero requiere mucha energía. Edén no tiene suficiente para hacer más intervenciones quirúrgicas. De momento, ésta será la última».

Kael parpadeó pero no tenía ni idea de en dónde estaba. Todo le daba vueltas y ni siquiera podía levantarse. Y la espalda... ¡Dios, la espalda le pesaba tanto, como si tuviera toneladas de escombros encima! Lo primero que hizo fue mover los dedos, sentir el piso, asegurarse de que era firme. Cuando descubrió que estaba en el suelo de mármol de las ruinas, se sentó poco a poco. Pero la espalda estaba tan pesada...

«Muévete de una vez», dijo frustrada la voz. «Espabílate, sujeto de experimentación. Mis servicios no son gratuitos».

Kael miró hacia uno y otro lado, en busca de la mujer, pero no vio a nadie. Sin embargo, cuando giró el cuello notó lo que tenía en la espalda. Al principio no lo podía creer y tuvo que pellizcarse. No sería la primera vez que soñaba con algo similar y los sueños podían ser crueles, como las palabras «mutilado» y «fracaso».

—M-¿mis alas? —preguntó mientras acariciaba una pluma negra.

No, no lo eran. Los Del Varten tenían alas semejantes a las de un murciélago. Lo que ahora tenía eran unas alas similares a las de la fallecida Doncella Katherine, la hija del príncipe Cornith, que renunció a sus derechos en el desierto para permanecer en el continente principal, junto a la Doncella de Kerveinsen de la que se enamoró. Las alas de Katherine fueron grandes y blanquísimas, como espuma de mar. Pero las de Kael eran grandes como las de un roc y negras como Niké.

«¿Así se sienten los pájaros?», pensó. El peso debía de ser por las plumas. ¿Cómo podían las aves levantar el vuelo con semejante carga? Despacio y con torpeza, como si llevara días sin moverse, se levantó. Necesitó apoyarse en la pared para no caerse de nuevo, pero pasados unos segundos recuperó la estabilidad y se sintió fuerte.

Entonces lo intentó. El sitio donde estaba era lo bastante amplio como para extender las alas. Primero abrió una y después la otra. Cuando las tuvo desplegadas como las de un águila, se sintió majestuoso e imponente como una mantícora, una esfinge, un roc.

Como un dragón.

«Vuela», ordenó la voz. «Ve a la superficie, por encima del sector C. Podrías ser de utilidad para cierto traidor. Yo te guiaré».

Kael no sabía lo que quería decir la voz, pero obedeció. Sintió unos impulsos en el cuerpo, como si la estructura se sincronizara con él, y supo cómo manejar esas pesadas, magníficas y bellas alas. Voló por el pasillo, siguió la ruta mental que le dibujó la mujer sincronizada y salió a la superficie. Al parecer, tenía una misión de rescate por ejecutar.

Y después...

Después podría seguir con la promesa que le hizo a Velmiar. Tenía de nuevo alas para luchar y sacrificar todo lo que era por los hijos que su amigo le encomendó.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2012. Ángela Arias Molina
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